Un día como hoy muere el caudillo Emiliano Zapata

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Un día como hoy, de hace 100 años, es asesinado por la espalda el campesino revolucionario que condensó el sentir de todo un pueblo trabajador: Emiliano Zapata Salazar, el General en Jefe del Ejército Libertador del Sur.

Es Zapata, el único caudillo que la historia registra como un luchador sincero, que nunca tuvo ambiciones de puestos públicos y que supo ver siempre por los intereses de los obreros. Jamás pactó con los ricos y los políticos, porque más que un caudillo fue campesino que buscó de la manera más digna la libertad económica de los trabajadores. Por ello luchó hasta el último día de su vida contra todos los gobiernos que aprovecharon la Revolución para establecerse.

Ante la imposibilidad de corromperlo, la autoridad mexicana «emanada de la revolución» orquesta su cobarde asesinato el 10 de abril de 1919, en la Hacienda de Chinameca, Morelos. Ahí el general consitucionalista, Jesús Guajardo, fingió haberse sublevado contra el gobierno de Carranza para ganarse la confianza del Caudillo del Sur y terminar con su vida, disparándole por la espalda.

Poco antes de su muerte, Emiliano Zapata dirigió estas palabras a los obreros de la ciudad:

«Hermanos de las ciudades, vengan al encuentro de sus hermanos de los campos; hermanos del taller, vengan a abrazar a sus hermanos del arado; hermanos de las minas, del ferrocarril, del pueblo, salven a los ríos, a las montañas, a los mares y confundan su anhelo de libertad con nuestro anhelo, su ansia de justicia con nuestra ansia.

Sus reclamaciones son parecidas a las nuestras. Exigen aumento de jornal y reducción de horas de trabajo, es decir, mayor libertad económica, mayor derecho a gozar de la vida; es lo que nosotros exigimos al proclamar nuestros derechos a la tierra. Sólo que ustedes, menos tiranizados que nosotros, creyeron encontrar en el pacifico sindicato la fórmula infalible que pusiera remedio a sus males; en tanto que nosotros no pudimos ni debimos pensar sino en las armas, en la rebelión abierta contra los conculcadores de nuestros derechos; porque cuando el oprimido no es dueño ni aún de lamentar su suerte, cuando la misma justísima protesta contra sus verdugos es ahogada, al formularse apenas en su garganta; entonces no queda a este oprimido, otro camino digno ni otro gesto redentor, que el de esgrimir las armas, proclamando vencer o morir; morir primero, antes de continuar más tiempo siendo esclavo.

Que las manos callosas de los campos y las manos callosas del taller se estrechen en saludo fraternal de concordia; porque en verdad, unidos los trabajadores, seremos invencibles, somos la fuerza y somos el derecho; ¡somos el mañana!»

-Emiliano Zapata Salazar, 1918.

Leonardo Gálvez

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